
En pleno corazón de la montaña puedo oír el agua caer y retumbar sobre las rocas de un estanque. Una melodía de pájaros y cigarras entremezclada con los Sutras budistas se cuela a través de los altavoces del templo. Algunas carpas, de considerable tamaño y tonos anaranjados y dorados, chapotean entre los nenúfares. Y…nada más. La quietud de la montaña donde me encuentro es asombrosa. Estoy sola, sin embargo me siento observada por cientos de ojos diminutos que me siguen montaña arriba, vigilándome desde los recovecos más inimaginables.
Llego a una bifurcación del camino. Un sendero lleva a unas escaleras de piedra infinita custodiada por cientos de linternas, también de piedra y acolchadas por un musgo tierno y suave. El otro sendero es un jardín en zig zag que serpentea por la ladera de la montaña. Ambos caminos cuentan con miles de ojos curiosos y, además, van a parar al mismo lugar.
Los ojos, atentos pero para nada aterradores, pertenecen a los guardianes y moradores del templo, conocidos como Darumas, o amuletos para conseguir tus propósitos.
Una figura para conseguir tus metas
El Daruma es redondo y no tiene brazos ni piernas porque, según cuenta la leyenda, el maestro Daruma, fundador del Zen, los perdió al meditar tantos años en una cueva. Además, también se dice que al ser redondo nunca se cae, lo que muestra la perseverancia por conseguir tus propósitos. Los hay de color, rojo, verde y amarillo, aunque su rasgo más característico, además de su bigote y cejas, son los ojos completamente blancos. Los ojos se utilizan como motivación para cumplir metas u objetivos. Primero fijas tu objetivo y pintas el ojo izquierdo de tu Daruma. Es importante dejarlo en un lugar visible en casa como recordatorio de los objetivos que tienes que cumplir. Una vez lo has cumplido pintas el ojo derecho y lo devuelves al templo.


El templo está custodiado por miles de estos pequeños Darumas: dentro de los troncos de los árboles, en las piedras más escondidas, en los tejados, incluso reunidos formando torres, palabras y siluetas. Además de los grandes hay otros mucho más pequeños con un hueco en el interior que guardan un omikuji, o papelito que predice tu futuro y fortuna.
A medida que avanzo por la ladera de la montaña disfruto del curioso espectáculo que ofrecen los cientos de Darumas colocados en posiciones imposibles y el hermoso follaje de los árboles que plagan la ladera, tan solo dejando entrever los tejados de los santuarios y una hermosa pagoda en lo alto del camino.

Santuarios budistas y estatuas milenarias
En lo alto de las escaleras hay una fuente de piedra con forma de loto de la que caen hilillos de agua. Como es tradición, lavo mis manos y boca y entonces me acerco al cercano santuario Sanpoko, donde toco la campana para despertar a la deidad y que, así, escuche mis deseos. Por probar suerte que no sea.
Avanzo por el sendero de piedra y tras dejar atrás dos salones repletos de graciosos Daruma en miniatura llego al salón Daishi-do. Me llama la atención la gente que reza en el interior. A cada paso que dan, mientras recitan su rezo, suben un escalón en repetidas ocasiones y luego lo bajan repitiendo la misma operación hasta completar todo el recinto. Dicen que si recorres todo el salón recibes la misma bendición que si completaras el camino de peregrinación de Shikoku, una ruta de 1.200 kilómetros y 88 templos budistas.

Mientras el sol se encuentra en su cénit y se cuela tímidamente entre las copas de los árboles, al fin localizo el origen de los Sutras que se escuchan por todo el templo en el interior del Hondo, o salón principal. Vestidos con sus típicas túnicas de color naranja, unos monjes recitan a través de la megafonía sus oraciones durante todo el día. También aquí se encuentra la estatua de Bodhisattva Kanzeon, la deidad budista de la misericordia, con once caras y mil brazos, que se talló en este mismo lugar por la reencarnación de la diosa hace más de 1.300 años.

Fuera se suma un nuevo sonido: una enorme campana que resuena en toda la montaña y cuyo propósito consiste en ahuyentar a los malos espíritus. Y entonces lo veo. La magia existe en esta colina y me quedo prendada con la vista que se extiende ante mí. Las ramas de los árboles cubiertas por un musgo verde intenso y los cientos de Darumas de color rojo se retuercen en un baile milenario que deja entrever una pagoda de dos pisos. No es la más impresionante que haya visto pero el halo de misterio del lugar, en entorno sacado de un cuento de hadas y las vistas de toda la llanura de Osaka, incluyendo el cementerio, le confieren un carácter único.


Un entorno místico y mágico
En el camino de vuelta, descendiendo por la ladera, me topo con un espacio circular a modo de plaza donde parece que se lleva a cabo algún tipo de ritual. Tiene el misticismo de Stonehenge, pero sin sus gigantes de piedra. Una señora da vueltas en círculos caminando y me explica que debe dar 7 vueltas siguiendo el sentido de las agujas del reloj hasta llegar al centro y luego hacer lo mismo en el sentido contrario. De esta forma recibes sabiduría. Y ahí que voy detrás de la señora, no vaya a ser que me esté perdiendo una sabiduría que bien podría necesitar algún día.
El último salón del camino, literalmente sobre el estanque, es el Benten-do y está dedicado a la diosa de las artes y la música, por lo que, por supuesto, vienen muchos artistas para pedir una pequeña ayuda con su talento. El lugar es incomparable. Rodeado por agua y conectado únicamente por un puente de color rojo en forma de arco. Muy cerca, una cascada crea música ambiente y me guía hasta la salida. ¿Ha sido un sueño?


Información práctica
- Tren Umeda (Osaka) hasta Minoh- kayano Station 360 yenes
- Bus desde Minoh-kayano Station (Vía 6) 400 yenes
- Entrada al templo 500 yenes
- Precio total: 1.260 por persona (7,37€)
