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Buceando el barco hundido USAT Liberty

Era un día luminoso y frío. El reloj marcaba las nueve. Aunque bajo el agua, nada de eso era importante. Mi pecho se llenaba de aire con cada inhalación. Y mi cuerpo flotaba como si estuviera a la deriva en mitad del espacio. Ingravidez. Flotar sin moverte. Ascender o descender simplemente regulando el aire de tus pulmones, controlando la respiración. No hay nada más jodidamente increíble que esa sensación.

La arena del fondo se arremolinaba cuando los pequeños peces en busca de comida se movían enérgicos. Los más tímidos se ocultaban entre los corales. Los más curiosos se acercaban en grupo, a un palmo de mi nariz, con los ojos bien abiertos. Unas extrañas y diminutas anguilas de jardín bailaban en la arena. Danzaban hacia arriba y abajo, contoneando su cuerpo como cobras encantadas. Las profundidades se volvían más oscuras cada pocos metros, los colores cálidos se perdían dando paso al azul y morado. Y, de pronto, al alzar la vista, allí estaba.

En 1937 los estadounidenses construyeron un barco de cargamento para servir a la Marina durante la Primera Guerra Mundial. Lo llamaron USAT Liberty. En 1942, ya en la Segunda Guerra Mundial, viajaba de Australia a Filipinas trasportando un cargamento de piezas de ferrocarril y caucho, cuando un submarino japonés lo derribó. Llevaron el barco a orillas de Bali, en Tulamben, para tratar de rescatar la carga. En 1963, a causa de la erupción del Monte Agung, el Liberty se deslizó desde la playa hasta las profundidades del Pacífico.

Fuente: Dive Concepts

Al levantar la cabeza vislumbré una inmensa estructura que se erguía desde la arena hasta casi la superficie. Apareció de la nada. Estaba tan ensimismada observando todo a mi alrededor que había pasado por alto que estaba frente a un monstruoso carguero hundido. Para ser exactos, prácticamente estaba encima de mí. La silueta estaba desfigurada, herrumbrosa y cubierta de corales, pero era una de esas bellezas perdidas del océano. Un tesoro enterrado en el fondo del mar, esperando a ser encontrado. Quién sabe cuántas historias fabulosas puede haber tras el esqueleto inerte de este navío.

El barco, o lo que queda de él, mide 120 metros de largo. Y se encuentra a una profundidad de hasta 30 metros, aunque también se puede ver haciendo snorkel, pues es visible desde los 4 metros. El lugar es un auténtico paraíso marino. Los corales cubren todo a su paso y sirven de refugio para peces, tortugas, almejas gigantes, mantas e, incluso, tiburones, que han convertido este viejo barco en su hogar.

Las burbujas salían de mi respirador de forma constante hacia la superficie. Seguían un camino invisible en línea recta. Mi respiración era lenta, profunda, calmada. Allá abajo solo se puede sentir una paz conmovedora. Fuera del agua no somos conscientes de nuestra respiración, es algo que tenemos asimilado como la mayor de las simplezas. Pero bajo el agua, eres uno con tu respiración. Y se siente genial. Respirar y observar. Nada más.

Fuente: Ecodive Bali

Dentro de las tripas del Liberty, los bancos de peces daban vueltas a mi alrededor sin temor, las decrépitas vigas que sostenían el casco permitían la entrada a todo aquel interesado en explorar el lugar: barracudas con cara malvada, graciosas tortugas danzarinas o diminutos caballitos de mar. Yo, mientras flotaba, sin apenas moverme -bueno, lo intentaba-. Boca arriba, abajo. Acostada. De espaldas. Girando. Hacia delante y atrás. Moverse en tres dimensiones es la hostia. No hay límites y todo es posible.

Creo que la barriga de mi mamá tenía agua salada cuando me llevaba dentro. Y en el momento de dar a luz, ese salitre acumulado durante 9 meses quedó adherido a mi piel. A veces, creo que el mar es un viejo conocido, que cuando llama a mi puerta es inevitable no invitarlo a pasar. Son las manos de mi abuelo. Es la risa de la persona querida. Es la libertad que la tierra no da.

3 comentarios en “Buceando el barco hundido USAT Liberty”

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