África, Guías de viaje, Marruecos

La ruta de las Kasbahs

Una ruta a modo de caravana bereber se desliza entre estas líneas. Una aventura en pleno Marruecos en busca de las fortalezas más antiguas del país. Una historia de personas. Una visión más allá de Marrakech, los zocos y las medinas. Mas allá del gentío de Jamaa el-Fna, los carricoches o los encantadores de serpientes.

Entre las montañas del Atlas, en Marruecos, miles de fortalezas se suceden a través del desierto. En la antigüedad eran utilizadas por los bereberes para protegerse contra intrusos y para refugiarse de las tormentas de arena que barrían el desierto con crueldad. Estas fortalezas se denominan Kasbashs y están hechas de adobe (arcilla, estiércol y paja) siguiendo la arquitectura tradicional marroquí. Aunque puedan parecer frágiles, estas construcciones pueden durar siglos después de que el adobe se seque al sol. Se componen de altos muros, torres cuadradas, pequeñas ventanas con destalles geométricos y una gran puerta. Esta es la historia de la Ruta de las Kasbahs.

Ouarzazate, la puerta del desierto
Amanece en Marrakech. El sol comienza a colarse por las rendijas de las destartaladas contraventanas de mi modesto hotel en la Medina. La llamada a la oración se escucha a lo lejos, distorsionada, casi como enlatada, a través de los megáfonos de la Kutubía, la mezquita más importante de la ciudad y hermana gemela de la Giralda. El jaleo de la calle irrumpe con estruendo y se abre paso entre las sábanas desechas de mi cama, el olor a pan recién horneado y el té a la menta me alejan de las garras de Morfeo y comienzo a estirarme hasta no poder más.

El coche de alquiler me espera fuera, inmóvil, atento a mi aspecto de principiante, como preguntándose:
-¿Será buena conductora? Conducir en Marruecos no es ninguna broma…
Después de echarle un par y lanzarse al caótico tráfico de la ciudad no hay nada que temer, solo mantener los ojos bien abiertos.

Ascendiendo las montañas del Atlas, pequeños pueblos se sitúan junto al río

El viaje de carretera comienza cruzando las montañas nevadas del Atlas mientras los pequeños pueblos a los lados de la carretera se hacen diminutos en el retrovisor. Las señoras lavan la ropa enérgicamente en los wadis (riachuelos estacionales que desaparecen en la época estival), los niños saludan con una sonrisa de oreja a oreja, los ojos abiertos como platos y la ropa llena de tierra. No dudan en llevarse a la boca cualquier cosa que les ofrezcas: chupetes, caramelos, chicles, incluso lápices.

El verde se abre paso a bocados alrededor del wadi, que avanza tímidamente a través de las montañas. No muy lejos, espera mi anfitrión en pie, con los brazos abiertos. Frente a mis ojos se alza el pueblo Ait Ben Haddou, donde se puede contemplar la escena más maravillosa de todo Marruecos, y no exagero. Una enorme Kasbah de color tierra, majestuosa e imponente desafía al extranjero desde el otro lado de un pequeño río. Las enormes palmeras que protegen la base de la fortaleza no logran ocultar, ni por asomo, la puerta del desierto, así es como se conoce a la increíble Kasbah de Ait Ben Haddou.

Kasba Ait Ben Haddou, Marruecos

El río se puede cruzar a pie, quitándose los zapatos y remangándose los pantalones, o a lomos de un burro que trabaja por 1 euro ida y vuelta. Una vez frente a la enorme puerta de la Kasbah me pregunto quien más habrá cruzado el grandioso umbral, y entonces comienzo a imaginar historias de bereberes que cruzan el desierto, arrastrados por violentas tormentas de arena. En mi imaginación pierden parte de las provisiones y algunos camellos, así que buscan refugio en la fortaleza que intuyen entre el denso polvo que se levanta a su alrededor. Cuando llegan al portón, exhaustos, notan cómo se abre una rendija a través de la cual no se ve nada, solo oscuridad y calma absoluta.

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Adobe, ladrillos de barro y paja

Pongo el primer pie dentro y comienzo a husmear de forma curiosa, como un niño que lo toca todo, hasta dar con unas escaleras que dan al piso superior. El suelo vibra bajo mis pies a cada paso, pero logro asomarme sin dificultad por las estrechas ventanas que dan al exterior para contemplar la magnitud de la Kasbah. Entonces pienso: tengo que subir más, la visión desde lo alto debe ser espectacular.

Subiendo por las empinadas callejuelas se llega a un granero, donde se aprecia una vista increíble de la región con el palmeral, el desierto rocoso (hammada) y el wadi que lo cruza. Un lugar ideal para pasar un rato sentado, absorto con tus pensamientos, embobado con el paisaje, rememorando los escenarios de Lawerence de Arabia, Gladiator o Cleopatra, producciones cinematográficas que tuvieron lugar en esta zona de Marruecos.

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Vistas desde lo alto de la Kasbah Ait Ben Haddou

Siguiendo el camino, y dejando atrás la puerta del desierto, la ciudad de Ouarzazate, hay dos Kasbahs espectaculares, la de Tifoultoute, ubicada en un promontorio rodeada de palmerales y un wadi, preciosa al atardecer, cuando los cabellos dorados del sol se extienden a través de la llanura del desierto y comienzan a teñir las kasbahs de color naranja; y la de Taourirt, ubicada en el centro de la ciudad, mucho más grande y mejor conservada.

Desde la terraza de la Kasbah se escucha la llamada a la oración que proviene de una mezquita que se encuentra a escasos 5 metros. Allí mismo, Rashid, un hombre de mediana edad, ojos verdes y turbante al estilo bereber me ofrece un té a la menta y me guía hasta el patio central de la Kasbah. El suelo está totalmente cubierto de alfombras tejidas a mano con colores ocres, rojos y azules. Alrededor de la estancia hay algunas mesas bajas con bandejas metálicas decoradas, pequeñas lámparas de colores y cojines llamativos con flecos y borlas.

Cuando comienza a oscurecer y las sombras se apoderan del vasto desierto llego al hotel Kenzi Azghor, situado en el corazón de Ouarzazate, y cuyas vistas desde la terraza, por la mañana, quitan el hipo.

Mujeres marroquíes del alto Atlas durante una jornada de trabajo

El valle de la rosas y el desierto infinito
Cuando amanece el tiempo se congela por unos segundos, quizás minutos. Todo se desarrolla a cámara lenta, los movimientos son perezosos y la belleza del lugar eterna. Se suceden pequeños instantes llenos de vida, cotidianos y a la vez únicos, las hojas de las palmeras saludan de forma sensual, las gallinas cruzan la calle al son del tic tac de un reloj que no suena, un señor sonríe desde su bicicleta al otro lado de la calle con gesto amigable y un escarabajo pelotero, que llega rodando desde a saber dónde, se topa con mis enormes pies de intruso. Pequeñas micro historias van desfilando durante la mañana a toda prisa en Marruecos sin que nos demos cuenta, pero en el desierto todo es diferente, cada momento es infinito.
Ya en marcha, cruzo el Valle de las Rosas hasta llegar a Keela Mgouna, un pueblo en medio de la nada donde se comercializa la famosísima rosa mosqueta. El paisaje parece salido de un sueño, las palmeras datileras se sitúan en fila inundando todo el valle, alrededor del wadi todo es verdor, pero unos metros más allá la estampa se torna lunar y la tierra roja y seca. Sigo avanzando por el fértil Valle de Dades, salpicado por un sinfín de pueblecitos y alguna que otra kasbah, hasta el pueblo de Boulmane, desde donde hay una vista preciosa de todo el valle.

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El palmeral del valle del Toldra, Tinerhir

Prosigo mi ruta atravesando el desierto pedregoso hasta llegar a Tinerhir, una ciudad enclavada sobre terrazas de roca rojiza y arropada por el palmeral del Valle del Todra, puerta de la garganta del Todra. La garganta es espectacular, las paredes se alzan verticales hasta el cielo y en el fondo discurre un riachuelo de aguas muy claras y frías de no más de 2 metros de ancho. En algunos tramos, pequeños puentes improvisados con tablones colocados sobre las piedras, arropan el riachuelo. La profundidad de la garganta es de aproximadamente 800 metros y al final del recorrido hay un par de restaurantes que rompen el idílico paseo, además los coches pueden llegar hasta este punto.

De camino hacia Erfoud atravieso un paisaje árido donde destacan unos singulares conos de arena que llaman la atención. Se llaman kettharas y son pozos artesanales para dirigir el agua subterráneamente y que no se pierda en el subsuelo, estos pozos son el principal sistema de abastecimiento de agua de los oasis. Impresiona la cantidad de ellos que hay, miles, incluso más que señales de vida humana. En todo el camino solo me cruzo con algunas manadas de camellos bogando por agua y 4 o 5 personas que de repente aparecen de la nada paralelas a la carretera, ¿a dónde irán?, ¿vivirán muy lejos de allí?, ¿irán caminando a todos lados bajo el sol del desierto? Todo un misterio.

Una jaima bereber en medio del desierto

Llegando a Erfoud cojo un 4×4 para adentrarme en el Reg (desierto de piedra) a 80km/h surcando las dunas de Erg Chebbi. Después de mucha arena y un cielo inmóvil, unos camelleros me invitan a su jaima. Hablamos durante horas. Me cuentan su vida, sus costumbres y se asombran con las mías. Al atardecer, cuando los rayos inciden paralelos en la arena y la disfrazan de caramelo tostado, salimos a dar un paseo por la dunas, equivalente a una hora de gimnasio. Ya en sombras, mis amigos bereberes y yo volvemos a la jaima donde animados y orgullosos ponen música moderna. El artista que suena se llama Chez Bidal, y canta hip hop fusionado con música bereber, todo un descubrimiento. Ya de noche llego al hotel Belere, una preciosa construcción de abobe que recrea una kasbah típica, donde duermo imaginando las caras de mis nuevos amigos bereberes.

Fuertes, gargantas y palmerales
Con los ojos cerrados y los músculos entumecidos deslizo las piernas bajo el edredón para sentir el roce de la tela fina y delicada. El pelo se me enreda al hundir la cabeza entre los almohadones y los brazos inconscientemente se estiran hacia el cabecero de la cama. Abro un ojo y compruebo dónde estoy. Me gusta lo que veo. Abro el otro.

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Los bereberes construyen pozos para poder abastecerse de agua

Con las pilas cargadas, la primera parada del día es en Er-Rachidia, donde se encuentra el comienzo de las gargantas del Ziz, unos barrancos de tierra rojiza y amarilla que ascienden sin vértigo hasta lo más alto. Dejando atrás el pueblo de Midelt sigo hasta dos Ksour (pueblos fortificados) ubicados entre bellos palmerales, el de Ifrane y Ahzrou.

Al final de un día de paisaje agreste, monótono, pero con breves pinceladas de color extravagantes en un escenario sobrio y minimalista, llego a Fez, una auténtica explosión de belleza y color.

Vista de Fez desde el mirador Bjord

El laberinto de Fez
Desde el mirador Bjord, en lo alto de una colina, Fez se extiende como si millones de diminutas casas, y sobre todo de antenas de televisión, fueran parte del valle, como si debajo de la ciudad hubiera una red intrínseca de raíces milenarias que dan vida al lugar. Es un parada genial para darse cuenta de la inmensidad de esta ciudad, ya que una vez dentro de la Medina es imposible recorrer todos sus callejones y recodos.

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Vendedores de gallinas en la Medina de Fez

Laberíntica, caótica, atestada, pero sobre todo auténtica. La medina de Fez, conocida como el Bali, o zona más antigua, comprende más de 300 barrios y 9000 callejones, muchos de ellos sin salida. ¡Que empiece lo bueno! Comienzo mi recorrido sin rumbo en Bab Bou Jeloud, la puerta de acceso más importante de la Medina. Nada más cruzar la puerta 10 personas me preguntan si necesito guía. “Es muy difícil orientarse dentro” me dicen. Yo le contesto: “lo que quiero es precisamente perderme”.

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Panadería tradicional en medio de la Medina

Así transcurren mis próximas 12 horas, como si fuera volando en una nube de felicidad. Me fascino con todo lo que veo, cada dos pasos algo llama mi atención, me paro a hablar con la gente, compro todo tipo de comida y pruebo todo lo que me ofrecen. Gritan “Balak, balak” (que significa cuidado) cuando viene un burro cargando de mercancía. Ahora pasa una bici, ahora el butanero, ahora un carro hasta arriba de pan pita (mmm que buena pinta tiene eso). Persigo al chico de los panes hasta un horno tradicional, de camino he visto 99 cosas que me han llamado la atención, me las guardo para después.

Msemen o rghayef, un tipo de pan marroquí hojaldrado

El dentista anuncia los dientes postizos en una vitrina llena de moscas, los pequeños corretean bajo las chilabas de sus madres, el peluquero saca la navaja (creo que algo ensangrentada) y la limpia en el pantalón, los vendedores te llaman en todos los idiomas habidos y por haber, ¿creo haber escuchado ruski, ruski? Los artesanos sacan sus banquetas a la calle y trabajan con la concentración de un matemático a punto de resolver una ecuación, los zapateros remiendan, lustran y lucen sus obras de arte. Todo ello en una estrecha, bueno más bien miles de estrechas callejuelas donde únicamente caben tres personas si se dan la mano y hacen una barrera.

Curtiduría Chouwara

Huele a especias, cardamomo, menta, comino, jengibre, cúrcuma… pero también me llega un olor dulzón a dátiles, pasas, frutos secos, por supuesto el inconfundible rastro del baklava o el chebakia (que son dulces marroquíes con mucha miel y almíbar) también huele a un intenso cuero, piel de verdad, recién curtida. En Fez, se encuentra la Cutiduría Chouwara o plaza de los curtidores. dsc_7295El único modo de acceder es desde uno de los edificios que rodean la plaza, ya que es un lugar donde solo pueden entrar los trabajadores. Es un lugar que debéis visitar de forma obligatoria. Desde lo alto veréis un montón de pequeñas bañeras de barro redondas, como si se tratara de un panel de abejas, divididas en dos colores: las blancas, compuestas por una mezcla de cal, excrementos de paloma, cenizas y orín de vaca; y las de colores,compuestas por pasta de higo, aceites y tintes naturales. Sí, el olor es muy fuerte a tres o cuatro pisos de la plaza, así que no puedo ni imaginarme lo que será trabajar allí abajo de sol a sol e introducirse dentro de esas cubetas. Sin embargo, este proceso de curtido no deja indiferente a nadie y os recomiendo que lo veáis.

dsc_7294Lo bueno de callejear es que a veces te encuentras cosas que no esperabas encontrar, y lo malo, es que a veces no encuentras lo que venías buscando. Tened en cuenta que hay básicos en Fez que no os podéis perder como la Madraza el-Attarine, la Mezquita Kairaoine, la Plaza Seffarine o el Palacio real, con sus famosas 7 puertas.

Después de semejante explosión de sensaciones, olores, colores, sabores, gente, oficios e historias es difícil irse a dormir, pero todo viaje tiene un final (al menos el viaje físico) y mañana es otro día. Sobreexcitada doy vueltas en la cama, imaginándome qué estarán haciendo ahora todas las personas con las que he hablado a lo largo del día, ¿todos sus días serán así? ¿se acordarán de mí mañana o ya me habrán olvidado? Buenas noches Fez. Hasta siempre Marruecos.

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